lunes, 9 de marzo de 2009

Everis es tu empresa

Hay días en que me sigo preguntando cómo afrontar ciertos problemas. Decían antiguos conocidos que si el problema tiene solución no preocuparse y si no tiene solución, no preocuparse. He vivido tantos días complicados en los últimos meses que me he hecho completamente inmune ante ciertos personajes que viven a sus anchas. No me suelo achantar ante las cosas. Suelo coger de cara las cosas. Me preocupan, por regla general, bastantes tonterías. Aún me huelen las manos a viejas historias del pasado. Los lugares donde normalmente han salido los problemas, han tenido unos olores que recuerdo siempre. Hay olores que me hacen parar a recordar lo que he vivido. Desde pequeño, me ha marcado mucho el olor a cloro, ese olor a piscina tan característico y que todos, si lo pensamos, podemos parar a recordar y se nos vendrá a la cabeza. Tengo grabado ese primer olor matinal de sol cuando salgo del portal de mi casa. Me viene a la cabeza el olor a lluvia que desde pequeño me ha hecho sentirme muy tranquilo en mi casa mientras la calle se humedecía por momentos. Hay olores de invierno y hay olores de verano. Si tuviera que elegir alguno de cada estación, no tendría que pensarlos demasiado. El invierno huele a humo, a calor, a chimenea, al bizcocho materno de la tarde de domingo. El verano sin embargo huele a agua. A esas mañanas de césped mojado. Huele a playa. Al fresco de esa colonia que se queda en el ascensor después de una ducha. A todos los sitios donde voy, saco un olor distinto. Cada casa tiene su olor. Madrid tiene tantos olores que sería difícil sacar uno por encima de otro. Madrid huele a sus jardines, a sus tascas, a las calles antiguas, a los barrios nuevos, a las panaderías típicas, a los bocadillos de calamares de la plaza mayor. Pocos olores tan característicos como salir del ascensor y antes de entrar en casa oler el descansillo y saber que la abuela está preparando cocido. El instituto olía a bacteriostático (es ese líquido que sale de los baños públicos para desinfectarles). Ese Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido tiene olores que nunca he vuelto a vivir como las cascadas de la cola de caballo, los edelweiss, huele a primavera. Cádiz me trae el olor a semana santa. A incienso. A los niños creando bolas de cera. A mi playa donde huele a sal, a las barcas, a la noche. Al fino, al tapeo, a las gambas. Sin duda, Cádiz me recuerda al olor de casa de Ana. De todas formas aún me queda media vida para encontrar todos los olores que me quedan por descubrir.
Besytos.
Jor.

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